L'ORNITONIGMA

dimarts, 14 de juliol de 2015

Anillas


Mal favor nos hicieron a algunos, aquellos que un día les dio por poner a las gaviotas y otras aves anillas y demás artilugios en las patas. Siempre la llevo dentro, latente, a veces sale, por pura necesidad. Es una fuerza interior, oscura y poderosa, que me lanza a una desenfrenada búsqueda de anillas con códigos alfanuméricos, anillas de colores combinadas no siempre respetando un orden estético, anillas con banderolas, de PVC o metálicas... Como digo, siempre está dentro y de tanto en cuanto va saliendo, pero donde lo hace con más virulencia es sin duda en Galicia.



No sé si es el clima, la comida o qué demonios, pero no lo puedo evitar. Cargo con mis prismáticos, mi telescopio y un cuaderno, y me preparo para prospectar arenales, acantilados marinos y marismas. Escruto con pasmosa atención tarsos y tibias de todo ser viviente emplumado, aunque sean las gaviotas las que se llevan gran parte de mi atención. Y cuando aparece, la anilla, ruego entonces a los dioses para que me ofrezcan una lectura limpia y rápida, que no esté gastada, ni manchada de fango o medio tapada, ni que haya perros a la vista, espantagaviotas veraniegos o instagrameros ávidos de un bucólico fondo de láridos en vuelo. En resumen, que lo primero que hago es ponerme en alerta, enfocar el telescopio hacia el objetivo, disponer lápiz y papel, y barrer de cabo a rabo todo el bando. Cuando por fin la encuentro, ¡vaya, está gastada!



Continuo la búsqueda. No decaigo.  Y doy con otra. Ésta es visible, bien visible. La grabo rápidamente en mi cerebro: “467Marribaabajoinmaduroblanconegrotarsoizquierdometalderecho”. ¡Hecho! Me afano a pasarlo al cuaderno. Pego de nuevo el ojo al ocular y confirmo el dato. Chapeau! 



Sigo buscando. Entonces suena el teléfono.

“Ya estamos todos en la mesa. ¿Vienes a comer?”. “Sí, Mami. En cinco minutos estoy ahí”. 

(Dedicado a mi madre).