L'ORNITONIGMA

dilluns, 7 de gener de 2013

Con mis prismáticos a cuestas: Cantabria


El 21 de diciembre de 2012 me despedí de mis compañeros de trabajo con un pantagruélico festín. Semejante atracón a punto estuvo de dejarme fuera de servicio durante unos días, pero las ganas de emprender camino hacia el Cantábrico y Galicia resultaron el mejor los remedios frente a ese uso y abuso de la comidas en fechas navideñas. Con diferencia, fue uno de los peores viajes que recuerdo y cuando finalmente llegué a Santoña, mi cuerpo me pedía un poco de bondad, aunque sólo fuera un poco. De buen gusto se la hubiera dado, pero mi mente, mis ojos y mis oídos ya estaban a otra cosa. El canto aflautado de los zarapitos reales (Numenius arquata) había alcanzado con fuerza lo más profundo de mi cerebro y todos mis sentidos estaban ya alerta y preparados para lo que se avecinaba, que no era poco. Santoña nunca es poco.

Con la marea a media altura, limícolas y anátidas se alimentaban por doquier en las orillas fangosas, mientras en los canales los zampullines cuellinegros (Podiceps nigricollis) se zambullian bajo las aguas. En la superficie recordaban pequeños y desaliñados pompones de lana.
Podiceps nigricollis

Las marismas de Santoña son un hervidero de vida y cuando el tiempo corre, uno no sabe muy bien a dónde ir. Así que después de echar un rápido vistazo al pólder de Escalante, donde un Águila pescadora (Pandion haliaetus) daba buena cuenta de un múgel, un nutrido bando de ánsares comunes (Anser anser) pacía la hierba fresca bajo la atenta mirada de unos alcaravanes (Burhinus oedicnemus), que hacían todo lo posible por pasar desapercibidos, enfilé hacia el puerto de Santoña, donde esperaba ver algún colimbo.

Gavia immer
El pequeño puerto de Santoña es un balcón abierto al gran estuario. En la lejanía se adivinan miles de patos, sobre las islas descansan las gaviotas y los cormoranes grandes, y al borde de los diques se alimentan, descansan o se acicalan colimbos, alcas (Alca torda) y zampullines cuellinegros. Y allí estaban todos, fieles a su cita anual como no podía ser de otro modo. Las blanquinegras alcas, los zampullines de ojos encendidos y los grandes colimbos con sus poderosos picos lanceolados. Todo un placer para la vista y un deleite para el espíritu. Mi estómago ya no me molestaba. Una cena ligera y un mullido colchón me esperaban en Escalante.


El 23 de diciembre recobradas las fuerzas con la ayuda de un buen desayuno, salía de Escalante en dirección a las marismas. Con las primeras luces del alba me detuve en el pólder. Bajo el cielo sereno y despejado,  los ánsares se anunciaban con sus graznidos nasales. En cuanto la luz me lo permitió, me puse a escudriñar los prados. Las siluetas pronto comenzaron a definirse y en menos que canta un gallo una luz intensa lo inundaba todo. Entre el grupo de ánsares destacaba uno más pequeño y compacto, de cuello corto y oscuro, rematado por una cabeza más pequeña en la que se apreciaba un pico corto y en gran parte oscuro, tan solo el extremo final estaba resaltado por una banda clara. Era un Ánsar piquicorto (Anser brachyrhynchus). El ejemplar llevaba en la zona desde el 12 de diciembre.



No fueron las únicas ocas que vi ese día. Frente al puerto de Santoña, un par de barnaclas carinegras (Branta bernicla) se alimentaban en un intermareal junto a otras anátidas. Al final acabé viendo nueve de estos gansos más típicos de los fangos intermareales. Varios colimbos grandes continuaban por la zona del puerto, pero lo que más despertó mi interés fue un par de bisbitas costeros que rebuscaban entre los mejillones de un dique expuestos por la bajamar.

Santoña es famosa, entre otras muchas cosas, por el gran contingente de zampullines cuellinegros invernantes. Y entre tanto cuellinegro, no resulta extraño que se cuele algún cuellirrojo (Podiceps auritus), lo difícil es encontrarlo. Tras un par de horas escudriñando las aguas abiertas de la marisma y muchos canales, acabé encontrando tres ejemplares desde la carretera que atraviesa la marisma, esa gran herida que en su día proyectó y ejecutó un infausto personaje. Pues allí estaban, los tres calándose continuamente, cerca de donde reposaba una hembra de Eider común (Somateria mollissima).

Dos de los Podiceps auritus

Tras un saldo tan positivo en Santoña, decidí probar suerte con el Ánsar chico (Anser erythropus) que desde hacía unas semanas se veía por el embalse del Ebro. Cuandio llegué a la zona donde acostumbraba a verse, me encontré con un grupo de SEO que lo estaban buscando sin éxito. Recorrí todos los sitios posibles: Lanchares, la Riva, La Costana, Bustamante. Ánsares comunes conté alrededor de 300 exs. Entre ellos, un grupo de 26 ánsares caretos (Anser albifrons), pero ni rastro del Ánsar chico. Disfruté de los caretos durante un buen rato, además de otras aves de la zona, destacando un Picogordo (Coccothraustes coccothraustes).

A última hora de a tarde, vi que muchos ánsares alzaban el vuelo en dirección al pantano. Los encontré concentrándose en un entrante de la Riva. Allí estaban los comunes, los caretos... y ¡el chico! ¡Bimbo, bimbazo! Con las ganas que tenía de ver esta especie, el viaje hasta Uvieo fue un paseo. Al día siguiente tocaba gavioteo por la costa central asturiana, pero eso lo dejo para otro capítulo.